Patagónicos “a las cosas”: Energía política en proyectos sin continuidad/Por Omar Nelson Livigni
Los habitantes de la Patagonia hace tiempo que venimos escuchando el planteo de poner en vigencia un proyecto solidario y colectivo de “desarrollo patagónico”, mediante el aporte de los gobiernos provinciales de la región. Ha habido auspiciosos pasos iniciales de acciones concretas, pero que casi de inmediato perdieron toda su fuerza inicial. Una manera de crear pesimismo y descreimiento en la gente.
La referencia cercana fue el inexplicable anuncio del ex presidente Mauricio Macri al lanzar desde la capital rionegrina en el verano del 2017 -se van a cumplir en estos días tres años- de un plan de obras públicas para la región ubicada al sur del río Colorado, que nunca se explicitó en sus detalles, y que rápidamente desapareció de toda mención en los niveles oficiales, por parte de los gobiernos provincial y nacional.
Se llegó a hablar de un listado de hasta 300 obras para diseminar en las jurisdicciones sureñas, que quedaron en la nada.
No es arriesgado sostener que otro de los desencantos de los comprovincianos del sur tuvo lugar cuando se concretó la vieja aspiración del Parlamente Patagónico, que convocaba a legisladores de las distintas jurisdicciones a participar en un foro común para exponer con carácter reivindicativo los problemas de la región y reclamar con mayor fuerza antes las autoridades nacionales.
Así como aconteció con la pérdida de consideración de las cámaras legislativas provinciales y de los partidos políticos ante la opinión pública, una situación similar se planteó coincidentemente con este foro regional que no despertó mayor interés tal vez porque sus proyectos conllevaron solo críticas al centralismo del poder ejecutivo nacional, y/o pedidos de rectificación de algunas medidas del nivel central.
En definitiva y por lo general, las acciones se reducían a meras expresiones de deseos carentes de todo efecto imperativo, reclamos estériles “a priori”, de los que la Casa Rosada no tomaba en cuenta. Un problema circular sin solución.
El Parlamento Patagónico ingresó en un prolongado paréntesis que se extiende desde 2017 hasta hoy -hace tres años consecutivos que no convoca a ninguna sesión- y no ha dado muestras en ese lapso, de signo vital alguno en el plano político-institucional que permita avizorar una reanudación de su actividad.
Pero mayor gravedad adquiere en estos quiebres de continuidad lo que sucedió con la reunión de gobernares realizada en Santa Rosa, provincia de La Pampa en el mes de junio de 1996, cuando los mandatarios de las provincias sureñas declararon constituida la región patagónica en los términos del artículo 124 de la Constitución Nacional que dice: “Las provincias argentinas podrán crear regiones para el desarrollo económico y social y establecer órganos con facultades para el cumplimiento de sus fines”.
En la introducción del Tratado Fundacional se destacaban como objetivos la decisión “de reafirmar la identidad regional patagónica”, para “consolidar una integración que permita aportar soluciones a las necesidades comunes” y “en defensa de la valoración de un federalismo de cooperación, y concertación que posibilite aunar y solicitar las particularidades naturales”.
En el resto del articulado describe la estructura para el funcionamiento de la organización. Así establece como “instancia máxima en la conducción política de la región a la Asamblea de Gobernadores constituida por los primeros mandatarios de las provincias signatarias del presente tratado”. (Los firmantes fueron Vicente Corradi, vice gobernador de Neuquén, y los gobernadores Arturo Estabillo, Tierra del Fuego; Néstor Kirchner, Santa Cruz; Carlos Maestro, Chubut; Rubén Marin, La Pampa, y Pablo Verani, Río Negro).
También reconoce al Parlamento Patagónico “como expresión de la voluntad integradora regional de los poderes legislativos de las provincias integrantes del tratado”.
Mas allá del documento fundacional, y como complemento, los gobernadores acordaron sobre distintos temas, como la Creación del Consejo Patagónico de Desarrollo Social, “ente político a crearse por convenio y refrendado por decreto provincial en cada uno de los estados sureños, previendo que su constitución sentará las bases del Consejo Federal” como órgano.
Además, en el capítulo de las declaraciones reclaman “un proceso de desarrollo y crecimiento en un contexto internacional donde los procesos de globalización y apertura económica señalan la importancia de las inversiones en infraestructura”.
Lamentablemente por circunstancias que se desconocen y nunca tuvieron alguna explicación convincente, siempre se sospechó de divergencias internas en cada distrito y de algunos gobernadores con el poder central que tornaban inviable ese tipo de convocatoria.
Pero los gobernadores patagónicos de distinto signo no se reúnen desde 1996, es decir desde hace ya 24 años, siendo la primera y última sesión -la constitutiva- la realizada en Santa Rosa, La Pampa, en junio de ese año.
Todo quedó en letra muerta y fue sin dudas un fracaso rotundo de la política, de sus hombres y los partidos que representaron en aquel momento.
Posteriormente, otras de las intenciones que provocaron una vibrante y positiva polémica fue la que se produjo en toda la norpatagonia -en favor o en contra del proyecto-, la iniciativa de fusionar en una sola región a las provincias de Río Negro y Neuquén impulsadas por los gobernadores Pablo Verani y Jorge Sobisch, respectivamente.
No tuvo andamiento y hubo marcados temores a que la fusión afectara las autonomías de cada estado y la mayoría de la dirigencia, política y empresarial, y otros sectores hicieron conocer su rechazo al proyecto mediante numerosas declaraciones públicas y notas firmadas en la prensa planteando entre otras objeciones, la existencia de algunas similitudes, pero cuestionando asimetrías insuperables entre Rio Negro y Neuquén.
Fue un intento de impulsar un experimento geopolítico del que todavía se habla pero que se sumó a la serie de fracasos de los que han dejado muy mal parados el concepto de “región” y “regionalización”, ensayos como otros de los que fuimos protagonistas y testigos en ambas provincias.
Por todo lo dicho, quien firma estas líneas, estima que ha sido oportuno invocar a Ortega y Gasset quien pronunció esa frase de “Argentinos, a las cosas”, al conocernos de cerca, para que por lo menos en las cuestiones trascendentes que hacen a los destinos del país, los hombres públicos reduzcan las teorías y las palabras y apunten a los hechos concretos que beneficien a la gente, porque eso es lo que le falta honestamente a la democracia recuperada en 1983. (APP)
