5 marzo, 2024

Murió Seiji Ozawa, uno de los últimos titanes de la dirección orquestal

Discípulo de Bernstein y Von Karajan, estuvo al frente de la Sinfónica de Boston (con la que nos visitó en el Teatro Colón en 1992), dirigió la Ópera de Viena y fundó festivales. A través de la TV, llevó la música clásica a las masas. Por Marcelo Zapata

A los 88 años, murió el pasado martes (aunque su familia lo informó este viernes) el mundialmente célebre director de orquesta japonés Seiji Ozawa, integrante de aquella generación irrepetible de músicos que, entre las décadas del 60 y principios de este siglo, cambiaron de raíz no sólo la vieja concepción de la música “clásica” sino también la relación del público con las salas de concierto.

Más que proclamarlo, como lo hacen tantos otros, incluyendo a funcionarios de cultura, ellos lo llevaron a la práctica: sacaron la música clásica de sus templos habituales a la calle; la volvieron, en el mejor de los sentidos de esta palabra maltratada, “popular”. Además de su estilo especial, personalísimo, para darle el sonido, los tiempos y el color que llevaba en la cabeza a una orquesta, Ozawa también incorporó a los medios masivos de comunicación, la televisión sobre todo, para que su música rompiera los moldes sociales y restringidos del público de conciertos y llegara a cualquier rincón del planeta. Su pequeño cuerpo contrastaba con sus movimientos vertiginosos y su melena, primero oscura, luego plateada, en permanente agitación

Ozawa estuvo al frente de la Orquesta Sinfónica de Boston (BSO) entre 1973 a 2002, más tiempo que ningún otro director en los 128 años de ese organismo. Justamente, hacia fines de 1992, nos visitó en el Teatro Colón durante la primera gira sudamericana de la BSO por América Latina. Por sus transmisiones televisivas con ella ganó dos premios Emmy. Contribuyó a que la BSO se convirtiera en la orquesta con mayor presupuesto del mundo, con una dotación que pasó de menos de 10 millones de dólares a principios de la década de 1970 a más de 200 millones de dólares en 2002.

Su formación, tras dejar su país natal a fines de los 50, se produjo, como discípulo primero y asistente casi de inmediato, de dos maestros: nada menos que Leonard Bernstein, a quien conoció en 1961 al llegar a Nueva York por intermedio de otro gran director, Charles Munch, y luego en Viena con Herbert von Karajan. En la capital de Austria, Ozawa llegó a ser director musical de la Ópera Estatal.

El lector interesado en el tema puede consultar (su lectura es un verdadero deleite) el libro de conversaciones entre Ozawa y su compatriota, el escritor (y eterno candidato al Nobel) Haruki Murakami, publicado en español (Tusquets) con el título de “Música, sólo música”. Allí Murakami pone de relieve la relación directa entre un novelista y un director de orquesta. La importancia del conjunto, de la parte, de la mirada.

Ozawa dice que Bernstein era la encarnación por excelencia del estadounidense, que todo el mundo en la orquesta lo llamaba “Lenny” aunque tocara por primera vez con él, y que llevaba tan profundamente en su interior la idea de lo que quería de una orquesta, en cada obra, que casi no le hacía falta ensayar: es más, que detestaba los ensayos. Que se enojaba cuando él, Ozawa, desde que empezó a ser su asistente, le daba indicaciones a algún músico en particular sobre cómo debía tocar una parte. “Déjalos tranquilos, Seiji, ellos se darán cuenta solos”. Y que, milagrosamente, así era.

Von Karajan era todo lo contrario. A nadie se le hubiera ocurrido llamarlo “Herbie”, ni a su esposa siquiera. Fue siempre el “Maestro”, salvo en sus últimos años de vida, en los que comenzó a dulcificarse un poco. Y, a diferencia de Bernstein, marcaba de manera prusiana a cada músico de la orquesta en los ensayos hasta que lograba lo que quería. Agrega Ozawa que a veces, como él venía con el “método Lenny” incorporado, temblaba cuando tenía que dirigir a la orquesta de Viena y Von Karajan lo observaba.

Ozawa fue también director artístico y fundador del Saito Kinen, el festival japonés de música y ópera de Japón, y en sus últimos años del Festival Seiji Ozawa Matsumoto. Con la Orquesta Saito Kinen ganó el Grammy a la mejor grabación de ópera en 2016 por L’enfant et les sortileges (“El niño y los sortilegios”), de Ravel.

Aquí transcribimos algunos breves, estupendos pasajes del libro citado:

“No pretendo ofender a nadie”, dice Ozawa “pero la verdad es que nunca me han gustado esos maniáticos coleccionistas de discos, gente con mucho dinero, con equipos de sonido carísimos, que no dejan de añadir discos y más discos a sus colecciones. Hace años yo no tenía dinero, pero sí tuve la oportunidad de visitar algunas de esas casas con magníficas colecciones. En una, por ejemplo, tenían todas las grabaciones de Furtwängler o de no sé quién. Sin embargo, la mayor parte de la gente que posee esas colecciones suele estar muy ocupada y apenas tiene tiempo de escuchar toda esa música. Hace poco volví a experimentar esa misma sensación de desagrado mientras estaba en una casa de CDs y miraba a mi alrededor. Usted no es músico y quizás entiende mejor la postura de esos coleccionistas”.

Murakami retruca: “No soy músico, pero si uno no desarrolla cierto oído musical no será capaz de construir bien las frases. En mi opinión, la música mejora la escritura y la escritura el oído. Es un efecto doble, sucede de manera simultánea en ambas direcciones. Nadie me ha enseñado a escribir y tampoco he estudiado nada concreto al respecto. He aprendido a hacerlo gracias a la música, y por eso lo más importante para mí es el ritmo, como en la música, ¿no le parece? Unas frases sin ritmo no las leerá nadie. Hace falta una especie de ritmo que empuje al lector a seguir adelante. Leer un manual de instrucciones, por ejemplo, es un suplicio para cualquiera, ¿no cree? Es un caso paradigmático de escritura sin ritmo. (ámbito)