Elena Greenhill, una mujer convertida en leyenda
Las andanzas y correrías de “La inglesa bandolera”.
La historia o mejor dicho la odisea de su vida y el trágico final de Elena Greenhill, la famosa y legendaria bandolera inglesa que recorrió con sus andanzas las huellas y travesías de Río Negro y Chubut, sólo pueden concebirse como ocurridos en dos lugares de la tierra: el oeste norteamericano o la lejana patagonia argentina, en aquellos años de fines del siglo XIX y principios del XX.
Como si efectivamente la realidad pudiera en muchos casos superar a la ficción, el destino quiso que muy niña aún, llegara con sus padres desde la remota Irlanda natal a la agreste soledad del noroeste del Chubut. Allí, donde la meseta aparece como infinita en sus tonos ocres y grises, contrastando con las verdes praderas británicas, cuyas imágenes nunca se borraron de la memoria de los Greenhill.
La familia vivió en la estancia “Leleque”, donde el padre se desempeñó como capataz o encargado del establecimiento dedicado a la cria del ganado lanar. En ese ambiente rudo donde se mezclaban la disciplina de los patrones con las costumbres de la peonada indígena y criolla se crió Helena.
Con los años la niña se convirtió en una verdadera amazona recorriendo a caballo los lugares mas recónditos del establecimiento y las cercanías, siempre en contacto con la naturaleza y sus secretos, observando el trabajo de los peones, conociendo sus códigos y todas y cada una de las tareas rurales. Libre como el viento, dueña de sus actos, con un carácter rebelde y desafiante.
Seguramente en esas jornadas sin tiempo, conciente de la desventaja que otorgaba su condición de mujer, en un medio tan hostil, E1ena se convirtió en una eximia tiradora de revolver y carabina, habilidades que fue desarrollando en grado superlativo, durante sus salidas de cacería de pumas, zorros y cuantos depredadores encontraba.
Dicen que a veces, cuando el buen humor invadía su ánimo, se divertía accediendo al requerimiento de lo peones y hacía saltar por el aire botellas y envases, sin errar tiros, en medio de espectaculares balaceras, que culminaban invariablemente con aplausos y vivas de los ocasionales espectadores.
Una nueva vida
Convertida en muchacha y habiendo fallecido su madre, Elena, con 19 años, conoce a Manuela De La Cruz Astete Pintos, de 38 años, con quien se casa en 1984 en Chile, para regresar al poco tiempo al país y vivir en rápida sucesión, primero en Choele Choel, después en General Roca y finalmente en Catan Lil, Neuquén. Por esa época su esposo ya había comenzado a tener problemas con la justicia acusado de cuatrerear ganado y contrabandear hacienda al país trasandino. Transcurre 1904, la pareja ya tiene dos hijos, pero comienzan las desavenencias en el matrimonio, cuestión que culmina trágicamente. Astete desaparece un día y las sospechas de que puedo haber sido asesinado recaen sobre Elena y un peón de campo que la secundaba.
Poco después fue puesta a disposición de la justicia por ese motivo, cuando el cuerpo del infortunado Astete aparece en la zona de Casa de Piedra con señales de haber sufrido violencia física.
En esas circunstancias conoció a Martín Coria, calificado como hombre hábil para los negocios, conocedor de leyes, y con influencias políticas, quien obtiene su libertad y la hace su esposa. En ese año de 1905 la pareja se instala en el paraje rural de Montonilo, a unos 10 leguas de Ingeniero Jacobacci, en la jurisdicción de Río Negro, zona donde existía un importante número de ganado lanar.
El matrimonio ya era conocido por sus andanzas y llegaron con malos antecedentes, instalando un boliche, una especie de almacén de ramos generales con compra y venta de frutos del país. Las mentas fueron rápidamente comprobadas por los pobladores. Ni Elena ni su marido pagaban a sus acreedores y quien se arrimaba al negocio a exigir la liquidación de sus acreencias, era despachado a balazos sin ninguna contemplación.
En pocos meses Montonilo se convirtió en la base de operaciones de Greenhill, Coria y su banda de forajidos, que iniciarían una y mil correrías, fundamentalmente el robo de ganado, contramarcando la hacienda, y haciéndose respetar de cualquier reclamo, por la fuerza de las armas que eran exhibidas sin dar lugar a mayores discusiones.
A balazo limpio
A partir de allí, Elena Greenhill comenzó a ser conocida como “La inglesa”, “La bandolera inglesa” o “La matrera”, y sus andanzas, en huellas y travesías, eran el centro de comentarios y referencias en los fogones de la campaña y en los poblados, en su mayoría conocedores de sus golpes de mano. Es que la banda de “La inglesa” se desplazaba con asombrosa velocidad, siempre a caballo, entre Río Negro y Chubut, conociendo al milímetro caminos, quebradas y atajos, poniendo oportuna distancia de las autoridades, engañándolos con información falsa y repeliendo su accionar con las armas cuando no había otra alternativa.
Algo de eso sucedió precisamente cuando una partida de la policía del Chubut se dirigió a Montonilo rodeando la casa. Cuando “La inglesa “y sus secuaces divisaron 1as fuerzas del orden, comenzaron a dispararles con armas largas, poniéndolos en retirada. Y además, dos oficiales se rindieron ante los malhechores y, antes de ser liberados, fueron obligados a cumplir tareas a su servicio durante varios días, para humillación de la policía del Chubut.
El final
Coria falleció en 1914 a los 43 años y Elena celebró su tercer rnatrimonio, esta vez con Martín Taborda, que integraba una gavilla de cuatreros. El último capítulo de la azarosa vida de “La inglesa” se escribió en la estrecha angostura de El Chacay, un cañadón flanqueado por altos muros de piedra, donde la policía del Chubut fue
buscando revancha, al mando del comisario Feliz Valenciano. Hay distintas versiones de cómo murió Elena Greenhill, pero las más autorizadas coinciden en que fue sorprendida. La voltearon del caballo de un balazo sin darle tiempo a defenderse, y le dieron un tiro de gracia en el suelo, cuando estaba boca abajo. Fue enterrada en Gan Gan y sus restos exhumados y conducidos a Buenos Aires, fueron depositados en el cementerio británico. Cuentan que en el sitio donde estuvo la tumba, todavía hay una cruz de madera donde la gente doposita flores en honor a su coraje.
El rescate del mito
La atrayente figura de Elena Greenhill despertó la atención de varios escritores patagónicos que con similares puntos de vista abordaron su vida aventurera, y dramático final en este escenario patagónico de hace ya un siglo. Una de ellos fue Elias Chucair en su obra “La Bandolera Inglesa”, ilustrada con una fotografía de la destinataria del trabajo. La describe como “una mujer que escondía su sexo y su delgada figura en ropas de varón, generalmente de cuero. Usaba breches y botas altas. Bajo el ala de su sombrero negro escapaban fragmentos de su cabello muy rubio y no la abandonaba nunca un poncho ‘castilla’, seguramente traído de Chile…Y siempre andaba acompañada de un revólver por lo menos, y un Winchester en la montura…”.
También el abogado Alejandro Godoy, ex—juez federal de Río Gallegos, escribió una novela denominada “La Matrera’, mientras que el poeta de Comodoro Rivadavia, Hugo Covaro, se inspiró en aquella mujer, componiendo una canción: “La inglesa”.
Por su parte la escritora Julia Chaktoura, radicada en Chubut, escribió el cuento llamado Tiempo de Venganza, que la tiene como protagonista, y Virginia Haurie también se ocupa de ella en su libro “Mujeres en tierra de hombres”. (APP)
