16 junio, 2026

Cómo sobrevivir a la peste

A 73 años de su publicación, La peste de Albert Camus, premio Nobel de Literatura en 1957, resurge en tiempos de pandemia, convirtiéndose en uno de los libros más vendidos en Argentina y en varios países de Europa. Un espejo brutal de lo que hoy vivimos en la realidad, que invita a repensar la condición intrínseca del ser humano.

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes desprevenidas. […] Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. […] ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.” Albert Camus, premio Nobel de Literatura en 1957, desnudaba así la humanidad frente al avance de una plaga letal en la ciudad argelina de Orán en los años 40, en su famosa novela La peste (1). A 73 años de su publicación, esta obra resurge de forma inusitada en tiempos de pandemia, convirtiéndose en uno de los libros más vendidos en Argentina y en varios países de Europa (2).

El interés repentino en su lectura quizás resida en la necesidad imperante de conocer cuál es la salida a una crisis sanitaria como la que actualmente azota al mundo o, simplemente, saber qué nos deparará la epidemia. Albert Camus, sin embargo, no se aboca en esta ficción a describir tanto el origen como el fin de la peste que llega y se esfuma sin aviso ni razón, sino que relata el horror que desata una epidemia, delineando una sociedad de prisioneros, aunque a veces utilice el eufemismo exiliados para referirse a aquellas personas que se quedan encerradas en sus casas para que no se propague el virus. ¿Pero por qué elegir la palabra exiliados justamente para remitirse al sentido contrario, es decir, para referirse a aquellos que no se separan de su tierra sino que se quedan en su propio hogar? Porque al convertirse el hogar justamente en el lugar de confinamiento, éste pierde su esencia, su razón de ser, y se transforma en el lugar de la privación, del encierro, de la condena. Una condena que se sabe indeterminada, una condena que se siente perpetua.

Si uno quisiera subvertir el orden se somete a las sanciones de un sistema securitario hasta entonces desconocido o, peor aun, se enfrenta a un enemigo invisible y omnipresente que de alcanzar su organismo puede terminar confinándolo a la muerte en la más absoluta soledad. El exterior entonces representa una liberación ilusoria porque la sociedad preexistente ya no existe. Se asiste a un mundo nuevo donde el Otro es un potencial enemigo porque puede ser portador del virus, pero al mismo tiempo es un aliado esencial del que no se puede prescindir para poder erradicar la epidemia. Una sociedad, en definitiva, de autómatas donde está vedada toda manifestación emocional, donde no sólo la vida está amenazada sino también el pleno goce de la misma. Un verdadero infierno donde el horror se difumina pulverizándolo todo.

Vivir sobreviviendo
¿Cómo subsistir en un mundo semejante? ¿Cómo hacerlo, cuando el estado de excepción pierde su excepcionalidad al no tener ni tiempo ni límite definidos? ¿Cómo encontrar una escapatoria cuando el hogar es el lugar de confinamiento y el exterior el espacio potencial de riesgo de muerte? La novela, espejo brutal de lo que hoy vivimos en la realidad, describe cómo la desesperanza avanza paralelamente a la propagación de la peste; cómo el interés inicial por las cifras de infectados y por las famosas curvas ascendentes y descendentes en el nivel de contagio, reproducidas incesantemente por los medios de comunicación, se va perdiendo hasta convertirlas en meras estadísticas sin cuerpo ni sustancia; cómo la política de aislamiento social, en sus orígenes indiscutible como medio para erradicar la peste, va perdiendo su vigor a medida que los estragos económicos dejan su impronta en los hogares; cómo, en definitiva, la sociedad, inerme y agotada, se entrega al avance de la peste al subvertir las medidas esenciales para evitar el contagio de la enfermedad.

Los únicos que parecen subsistir en un paisaje tan apocalíptico son aquellos, como el personaje principal de la novela, el doctor Bernard Rieux –uno de los referentes sanitarios de Orán, donde se desarrolla la pandemia–, que son eximidos del aislamiento social por la especialidad de sus trabajos, aquellos que son responsables de batallar activamente contra la peste, los que en plena cuarentena parecen no perder el sentido de la vida. Pero los estragos de la peste, que verán reflejados crudamente en los cuerpos arrasados por la enfermedad, los obligarán a vivir en abstracciones para poder sobrevivir al horror. Esta supresión del campo emocional, sin embargo, es aparente. Nadie puede escapar al derrumbe emocional en tiempos de epidemia desde el momento mismo en que somos sujetos, desde el momento en que comprobamos que no somos inmunes ni estamos exentos de la pérdida de nuestros seres queridos.

Albert Camus lo ilustra magistralmente cuando relata el quiebre emocional del doctor Bernard Rieux, que parecía no sucumbir ni sorprenderse por la peste, cuando acompaña a un niño en su lecho de muerte. No lo había hecho hasta entonces con ningún paciente. Pero decide hacerlo esa noche fatídica, la última que vivirá el niño. Lo ve arrodillarse ante el dolor, consumirse ante la peste, sin poder hacer absolutamente nada. No tiene el remedio ni la salvación. No puede encontrar lógica a una aberración semejante. Se desarma y sólo puede volver a armar sus pedazos cuando se entrega a los descubrimientos infantiles, a aquellos que despiertan los sentidos más puros, los que se pierden casi indefectiblemente con la vida adulta. Así la muerte despoja al niño de su vida, del juego infantil, de un futuro que ya no tendrá y el doctor, con su partida, se entrega por un instante al placer lúdico abandonando la muerte del automatismo. Ese tiempo atemporal en el que el Doctor se desvía de su camino ordinario para suspender su cuerpo desnudo en el mar bajo un cielo atiborrado de luna y estrellas, sumergido en el silencio casi absoluto, únicamente interrumpido por el sonido pendular de las olas, lo empuja a seguir batallando para erradicar la epidemia. La muerte y la vida infantil, así en estado puro, constituyen el quiebre y la resurrección de su lucha.

Lo que el escritor no desentraña en su relato es cómo justificar el aislamiento social a un niño, cómo explicarle la letalidad que una enfermedad podría infligir en la vida de sus padres, abuelos y hasta en ellos mismos. La respuesta no es unívoca ni universal pero sí es absolutamente necesaria. Las pandemias, como la que hoy vivimos con la propagación del COVID-19, someten sorpresivamente a los niños al encierro, a la clausura de las características fundamentales del juego preexistente, a la imposibilidad de relacionarse con sus pares, a la prohibición de visitar a sus seres queridos, para confrontarlos con el temor latente de una amenaza que los acecha y que podría infligirles daño. Cómo explicarles que aun cuando acabe el aislamiento, el enemigo no desaparecerá plenamente y el mundo distará y mucho del que vivieron anteriormente, que serán sometidos a nuevas reglas de juego, a hábitos diferentes, a visitas reducidas y distantes con sus familiares y que incluso los espacios que solían frecuentar serán adaptados para evitar la propagación del virus; cómo explicarles que ese enemigo seguirá vulnerando su espacio lúdico y emocional, cómo explicarles cuando incluso los adultos no podemos entender en plenitud lo que hoy estamos viviendo. Porque la pandemia, al confinarnos a un mundo donde el amor y la amistad están vedados, inertes temporalmente, nos alcanza a todos indefectiblemente, incluso a los que no la padecen ni la padecerán, condenándonos a permanecer en algún punto adormecidos, muertos en vida, sin referencias ni explicaciones suficientes de esa cruda realidad.

Pero el riesgo, quizás, no reside tanto en la carencia de respuestas como en la desintegración del sentido de la lucha colectiva contra el virus cuando se ataca el aislamiento social, único remedio cuando no hay cura, en un intento vano de erradicar la vacuidad que encubre el encierro, anteponiendo los intereses particulares sobre los generales, vedando así toda posibilidad de salida a la crisis sanitaria.

La verdadera enfermedad
En tiempos de peste, dirá Albert Camus, sólo hay historia colectiva, caducan los destinos individuales. Y es aquí donde reside el dilema central de una epidemia. Si no es posible erradicarla sin el favor de las masas y el ser humano es individualista por naturaleza, cómo hacer para que sus intereses particulares no terminen prevaleciendo sobre el interés general, cómo hacer para que el ciudadano no olvide el riesgo potencial de vida al que se verá confrontado si decide liberarse de los padecimientos propios del confinamiento, cómo hacer para que comprenda que el bien social, en definitiva, contempla su bien particular, que incluye la libertad futura, y promete fundamentalmente un mañana.

Desafortunadamente, “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, esperar pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa” (3). Si las plagas siempre están presentes a lo largo de la historia, como asevera el autor, por qué no se tomaron entonces los recaudos necesarios para evitar los profundos estragos que la pandemia provoca hoy en el mundo, por qué insistimos en conservar un sistema económico que en el afán de maximizar ganancias, termina erosionando los ingresos de los trabajadores, el sistema sanitario y la naturaleza, que son su fuente misma de sustento y el motor vital de la humanidad. La respuesta quizás resida en la condición intrínseca del ser humano que, como sugiere el autor, termina poniendo en riesgo su propia supervivencia al no poder el hombre confrontar una realidad potencialmente adversa por estar sumido en sus intereses particulares, al conformarse, en definitiva, con un sistema que ya anuncia nuevas crisis, cada vez más graves.

1. Albert Camus, La peste, Sudamericana, Buenos Aires, 1979.
2. Según los datos de Edistat, la editorial parisina Gallimard ha registrado un alza del 40% en las ventas del libro La peste de Albert Camus respecto a la cantidad vendida un año atrás. Pero también en Italia, el país más afectado en Europa por el COVID-19, el libro subió desde la posición 71º hasta el 3º lugar del ranking de IBS, una de las redes de librerías más grandes del país, llegando a triplicar sus ventas. Véase Alessandro Leone, “El brote de coronavirus dispara las ventas de ‘La peste’ de Albert Camus”, El País, Madrid, 4-3-20. En Argentina, según Télam, se triplicaron las ventas de La peste a partir de la propagación del COVID-19.
3. Albert Camus, op. cit. Publicado en 1947, el libro siempre fue interpretado como una metáfora sobre el nazismo. Pero el propio autor si bien confirmó esta interpretación, habilitó otros modos de leerla: es el relato de una epidemia y la denuncia concreta de un problema metafísico.

Véase “Camus y las metáforas de la peste”, La Prensa,

www.laprensa.com.ar/488369-Camus-y-las-metaforas-de-la-peste.note.aspx

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur/Por Creusa Muñoz