6 mayo, 2026

Teorías Feministas, sus enfoques y género / por Dr. Pablo Calello

Las feministas han dado distintos usos al concepto de Patriarcado, de los cuales se puede realizar una clasificación tratando de establecer las diferencias y los puntos comunes para poder entender los problemas que han querido resolver estas teorías al respecto. Para algunas feministas radicales o socialistas, el patriarcado es meramente una superestructura ideológica (Juliet Mitchell), o política, localizada en la ley y el Estado (Carole Pateman, Zillah Eisenstein); para otras se trata de la simple suma de las manifestaciones de opresión en los distintos ámbitos y niveles sociales (Kate Millett), o del resultado de la evolución tecnológica de la sociedad y de la relación entre diferencias biológicas que consisten en el control de la capacidad reproductiva de las mujeres o de su sexualidad (Shulamith Firestone, Susan Brownmiller).

Referente al pensamiento de kate Millet, podemos mencionar que ha introducido el concepto de patriarcado siendo hoy un elemento presente en la mayoría de los enfoques feministas (Sexual Politics). Millett demuestra en detalle cómo las actitudes y los sistemas del patriarcado penetraron en la literatura, la filosofía, psicología y la política. Su trabajo movió los cimientos del canon literario castigando a los clásicos honrados por el tiempo.

Lo importante de estas teorías, no es que sean las únicas que explican la existencia de desigualdades sociales entre hombres y mujeres, sino que afirman que la división entre estos es una segmentación que establece un antagonismo estructural de la sociedad. Todas las teorías feministas afirmaron con contundencia que el elemento determinante que dividía la sociedad en dos era una relación de opresión y subordinación de las mujeres por los hombres. Antes de los años setenta, se hacía referencia a estas ideas alusivas a la dominación a través de expresiones como “subordinación” o “sujeción” de las mujeres, o también de “condición femenina. Con la aparición del término “género”, este permite que las mujeres se desprendan del discurso de lo natural, lo biológico comenzando a usar el término como una forma de hacer referencia a las relaciones entre sexos.

En los EE.UU. y Europa, el nuevo feminismo se inscribe dentro de los movimientos sociales surgidos en los países más desarrollados. Los ejes temáticos que plantea son, la redefinición del concepto de patriarcado, el análisis de los orígenes de la opresión de la mujer, el rol de la familia, la división sexual del trabajo y el trabajo doméstico, la sexualidad, la reformulación de la separación de espacios público y privado –a partir del eslogan “lo personal es político”– y el estudio de la vida cotidiana. Manifiesta que no puede darse un cambio social en las estructuras económicas, si no se produce a la vez una transformación de las relaciones entre los sexos. El nuevo feminismo asume como desafío demostrar que la Naturaleza no encadena a los seres humanos y les fija su destino: “no se nace mujer, se llega a serlo” (S. de Beauvoir)

EL ENFOQUE PRIMITIVO- LIMITES A LA MENTE HUMANA

La obsesión por imponer límites a la mente humana y funciones a las personas respecto de su naturaleza , es una falacia biologicista muy conveniente para la perpetuación de una sociedad patriarcal, la visión única de que los genitales humanos disponen de la capacidad femenina o masculina de reproducción y que esto es la base de todo lo humano, no significa negar que existan los genitales, ni la posibilidad de que existan identidades colectivas “mujer” o “femenino” y “hombre” o “masculino”, entre otras, es decir, identidades colectivas que le den a los genitales la misma importancia que el patriarcado porque los relacionen con nuestras posibilidades de desarrollo y naturaleza sólo significa negarse a las imposiciones de identidad, la vida no puede enfocarse desde esa mentalidad primitiva, que constriñe la realidad a ideas manejables. Este hecho biológico termina consolidándose culturalmente a lo largo de la historia. Esta dependencia que se ha ido incrementando equivocadamente, se fue perpetuando a través del tiempo, no solo por ese avasallamiento por parte de los hombres, sino que han sido las mujeres que han aceptado ese lugar de inferioridad sin manifestarse, y que la misma se fue arraigando en otras estructuras como ser la religión, la misma institución familiar, los establecimientos escolares, y todos los demás ámbitos que han sido dominados por los hombres.

Las mujeres han participado durante milenios en el proceso de su propia subordinación porque se las ha moldeado psicológicamente para que interioricen la idea de su propia inferioridad” (Gerda Lerner). La razón de esta división fue construida de modo que trabajo y mujeres se presentaron como dos conceptos excluyentes entre sí. La tradicional división de los roles sociales por sexo, derivo en la opresión y dependencia económica de las mujeres respecto de los hombres, la división sexual del trabajo entiende su razón de ser mas a una cuestión cultural, que una base biológica. Por lo tanto no es la naturaleza de las personas quien escribe el destino de ellas, sino que es la cultura quien lo construye.

DECONSTRUCCION DE LA DESIGUALDAD – NUEVOS ROLES

Las mujeres empezaron a aparecer en el análisis económico de forma indirecta y como consecuencia de la lucha por sus derechos. La campaña por el sufragio en el siglo XIX hizo surgir cierto interés en las desigualdades económicas de género. Si bien las mujeres siempre han aportado a la vida económica generando bienes y servicios que se consumen gratuitamente, este trabajo del hogar nunca se tuvo en cuenta dentro de la productividad y siempre fueron consideradas económicamente inactivas y dependientes de su familia. Su incorporación masiva al trabajo remunerado, ha afectado al trabajo y producción no remunerada que realizaba tradicionalmente en el hogar, por lo que se plantearon nuevos problemas que el análisis económico tuvo que responder, como la valoración del trabajo-producción doméstico frente al trabajo-producción de mercado y el reparto del tiempo entre ambas actividades, cuestiones que afectaban de lleno a las mujeres, con altos costes de oportunidad. No hay que perder el norte respecto de los trabajos realizados por las mujeres en el hogar, ya que están dentro del engranaje económico de cualquier país.

La participación de las mujeres en el mercado laboral aumentó sustancialmente en las últimas décadas y esto es un fenómeno que se observa a nivel mundial, pero para las mujeres esto no necesariamente se traduce en una mayor autonomía. En muchos casos la mayor participación laboral se convierte en lo contrario: las mujeres ganaron el derecho de trabajar fuera de la casa pero sin que ello implique liberarse de las tareas domésticas, por lo que básicamente se ganaron una doble jornada laboral. El hecho de que el trabajo doméstico (limpiar, cocinar, cuidar a los hijos, etc.) recaiga asimétricamente sobre las mujeres condiciona sus posibilidades de trabajar fuera de la casa, las hace aceptar salarios menores o empleos flexibilizados para poder conciliar su vida familiar y su vida laboral. De los datos que publican, se desprende que las mujeres dedican en promedio el doble de tiempo a las labores domésticas que los varones. La condición de actividad (ser ocupado, desocupado, subocupado, etc.) no parece ser un determinante más importante que el género en la distribución de tareas en el hogar. Las mujeres ocupadas dedican más tiempo a labores en el hogar que los hombres desocupados.

Por ejemplo, en nuestro país la licencia de maternidad es de 3 meses (menos de lo que fija la OIT) y la de paternidad solo de dos días. Con esto evidenciamos que el rol del padre es secundario respecto de los cuidados de sus hijos recién nacidos, dando por sentado que la responsable integra de dichas tareas es la madre. Osea que la mujer debe resignara sus aspiraciones laborales fuera del hogar a medida que su familia se agranda, mientras que en el caso del varón sucede lo contrario. Este ejemplo, uno de los tantos, que demuestran lo necesario que es tener una proyección económica con perspectiva de género. Es apremiante reconocer los nuevos roles y no seguir reproduciendo un sistema de organización económico que construye más desigualdad. La economía feminista es una pieza que tiene que encajar en el debate económico, político y social.

LOS RESPONSABLES – DESIGUALDAD

En el proceso de construcción de la identidad de género, existen una serie de agentes socializadores, que influyen en la adquisición de papeles que identifican a los hombres y mujeres desde que nacen. La familia es referencia de vida de cada persona en nuestra sociedad; que a pesar de encontrarse inmersa en un proceso de cambio, sigue siendo la principal institución social donde las niñas y niños crecen; y son educados. Esta etapa es sumamente importante respecto del desarrollo de los niños, ya que en ella se establecen las bases para los futuros aprendizajes.

Esta institución, es responsable de la conformación de la identidad y personalidad. El aprendizaje e integración de roles y estereotipos de género, se producen aquí, a través de la socialización diferenciada. Esta socialización diferenciada por géneros es la que ocasiona que las mujeres y los hombres no sean tratados como iguales, generando una gran injusticia. En el seno de la familia se producen procesos básicos: la expresión de sentimientos, adecuados o inadecuados, la personalidad del individuo y patrones de conducta; todo esto se aprende en la dinámica familiar y los que así aprendan enseñarán a su vez a sus hijos. El aprendizaje e integración de los roles y estereotipos de género que, a día de hoy siguen estando vigentes, se produce en la familia a través de la socialización diferenciada. Esta socialización diferenciada por géneros es la que va a ocasionar que mujeres y hombres no sean tratados como iguales, creando con ello una desigualdad, y por tanto, una injusticia.

Junto con la Familia, otra fuente básica de socialización de menores es la escuela, en donde se establecen los pilares respecto a las formas de ser y actuar conforme a unos modelos establecidos en cada cultura y sociedad. En este sentido, mientras que en la escuela la educación está regulada por normas en las que se establecen las bases de la enseñanza en las diferentes etapas evolutivas con el contenido y el modo en el que se ha de trabajar, la educación familiar, en cambio, queda oculta en la intimidad de los hogares a criterio de los progenitores o de quienes ejerzan el rol de principales agentes educadores. Por eso es importante saber qué sucede dentro de esta esfera privada y averiguar si la educación que se ofrece desde las familias a niñas y niños es igualitaria o no. La mayoría de los padres marcan las diferencias entre sus hijos o hijas, reproduciendo estereotipos, perpetuando roles, normas y actitudes, se transmiten los roles que cada uno debe asumir en su crecimiento según su sexo. La mujer identificada por su cuerpo, sus relaciones y un estereotipo físico, recrean una imagen de mujer pasiva, buena, obediente, comprensiva, maternal, ama de casa y dependiente; y por el contrario en el caso del hombre, un varón cabeza de familia, fuerte, decidido, conquistador, y justificando deslices sexuales como producto de su masculinidad. Tradicionalmente la escuela ha colaborado en la reproducción de roles y estereotipos socialmente aceptados.

Todos nos nutrimos de todos los agentes que se encuentran en nuestra sociedad en mayor o menor medida. Los dos agentes básicos de socialización que mencione familia y escuela, hoy deben combatir duramente con la intervención de otro agente de socialización potente y que muchos sociólogos admiten que se ha convertido en un importante agente social situado al mismo nivel que la familia y la escuela, concretamente se trata de los medios de comunicación.

Los medios de comunicación transmiten una visión concreta e interesada de la realidad, a través de valores y pautas de comportamiento que los y las jóvenes adoptan como modelos simbólicos de los mandatos de género. Por otro lado, los medios de comunicación también tienen un papel importante en los procesos de socialización del deseo y de los modelos de atracción de los y las adolescentes.

Si nos quedamos en este modelo de socialización diferenciada no se va a lograr esa igualdad que se busca entre hombres y mujeres. Debe haber una predisposición de las familias en aprender esos nuevos modelos de convivencia y educación más igualitarios. En la medida que estos agentes socializadores sean capaces de reducir la transmisión de roles y estereotipos de género, la posibilidad de crear individuos más libres va a ser mucho mayor.

LAS ESTADISTICAS PREOCUPAN

Este último año en Argentina se ha logrado instalar en el debate público una agenda de cuestiones que tienen a la mujer como protagonista: violencia de género, femicidios, legalización del aborto, etc. Todos estos reclamos, que tienen una larga trayectoria en la lucha feminista, se han vuelto más visibles en los medios y en algunos casos se han logrado compromisos políticos para trabajar en ellos como sucedió con la violencia contra las mujeres y el femicidio.

Según las estadísticas en nuestro país una mujer es asesinada por violencia de género cada 30 horas, mientras que en América Latina y el Caribe en 2017 murieron doce cada 24 horas en manos de un femicida. Si bien existen avances en la lucha contra la violencia letal hacia la mujer, las cifras no retroceden y la situación es alarmante. El problema no es reciente, pero lo cierto es que las políticas estatales en este sentido no datan de mucha antigüedad. En la última década 18 países de la región modificaron sus leyes para tipificar el crimen como feminicidio, femicidio u homicidio agravado por razones de género: Costa Rica (2007), Guatemala (2008), Chile y El Salvador (2010), Argentina, México y Nicaragua (2012), Bolivia, Honduras, Panamá y Perú (2013), Ecuador, República Dominicana y Venezuela (2014), Brasil y Colombia (2015), Paraguay (2016) y Uruguay (2017).

El feminicidio es la expresión más extrema de la violencia contra las mujeres. Ni la tipificación del delito ni su visibilización estadística han sido suficientes para erradicar este flagelo. En términos absolutos, Argentina se ubicó en cuarto lugar con 251 asesinatos. Sólo fue superada por Brasil (1133), El Salvador (345) y Honduras (264). Desde el año 2008 hasta el 2017, en ese período, se registraron 2679.

Los cambios necesarios para afrontar mas exitosamente la violencia de género

NO SOLO CON LEYES Y TRATADOS

En nuestro país se ha avanzado mucho en materia legislativa. Tenemos la ley 26.485 (de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, sancionada en 2009), tenemos el agravante por violencia de género, la reparación económica para hijas e hijos, la pérdida de la responsabilidad parental del femicida.

Indudablemente aún es insuficiente porque nos está dando un promedio de una mujer asesinada cada 32 horas. Cuantificar y visibilizar los casos es esencial para impulsar acciones que se traduzcan en políticas públicas, como también es necesario supervisar al Estado para que lleve adelante esas iniciativas. Pero la violencia de género también debe ser combatida en el plano cultural. Un importante cambio en el lenguaje llegó recién en 2014 cuando la Real Academia Española incorporó la palabra “feminicidio”.

Desde 2016 en Argentina existe un Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las mujeres (PNA), pero recién comenzó a implementarse en el año 2017. Este proceso, requiere la articulación con todas las provincias y municipios, y aún faltan los protocolos unificados de acción que permitan que en todo el país se atienda y se actúe en igualdad de condiciones. Además, a los problemas operativos se le suman los presupuestarios. Según el “Análisis del proyecto de Presupuesto 2019 desde una perspectiva de género: avances y retrocesos para la igualdad” del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), en 2018 al PNA se le adjudicaron unos $50.500.000. En 2019 la partida será de $32.099.395, lo que implica una reducción en términos nominales del 39%, mientras que en términos reales representa una caída del 55% para el año que viene. En tanto, el Instituto Nacional de las Mujeres (INAM) recibirá en 2019 $234.394.881, que si bien representa un 11% de aumento en términos nominales, si se tiene en cuenta el promedio de inflación empleado por el Poder Ejecutivo en la elaboración del presupuesto (34,8%), implica una caída del 18% en términos reales, comparados con los $211.500.000 millones de pesos que recibió en 2018. También sufrirán recortes las líneas de atención telefónicas dependientes del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Si bien reconoce que “todas las acciones no producen resultados inmediatos.

Las campañas de desnaturalización de la violencia “aún son escasas” y todavía no se ha logrado que todos los ministerios nacionales completen las acciones que establece la ley. Por ejemplo, no hay todavía patrocinio gratuito para todas las mujeres que experimentan violencia, ni está bien capacitado todo el personal de la Justicia sobre la perspectiva de género y la violencia.

Ahora bien, podemos legislar mas normativa, podremos presupuestar muchas más partidas dinerarias, pero si no se ataca el problema a nivel cultural constantemente estaremos recibiendo información sobre otra mujer asesinada. Es fundamental que mas allá de la intencionalidad de las acciones que se establecen para combatir este flagelo, estas se lleguen a concretar en tiempo y espacio con la finalidad de una vez por todas erradicar este tipo de violencia contra la mujer.